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Breves recuerdos de la realidad


Breves recuerdos de la realidad

I

Aunque se quiera mantener intacta la pureza de la forma doctrinal de lo que se transmite, si no está viva en quien lo hace, no produce efecto alguno. Es letra muerta.

Cualquier enseñanza, aún la más profunda, le llega al hombre dormido desde “fuera” de él mismo, pues así lo percibe. Y le llega como una información más, es decir con un nivel de cualidad similar a lo que ya tiene incorporado por haberlo leído o escuchado en alguna parte. O, aun, por reflexión propia. Lo distinto es la intención, que la diferencia del resto de las informaciones que pululan como influencias aportadas por el mundo, se la imprime quien la transmite.

La intención —entiéndase por tal, el propósito oculto— de todo aquello que está almacenado en la memoria cerebral es uno solo: sostener a toda costa una imagen egoica repleta de importancia personal. La intención que anida en el corazón de quien ha encarnado completamente el Significado Real de Sí es lo que hace la gran diferencia pues carece de ego personal.

A esto se lo conoce como Influencia Consciente.

II

Hay una sola duda que impulsa la posibilidad del cambio, la surgida de una indagación despiadada, implacable, dirigida en una única dirección: dejar de creer que soy un cerebro repleta hasta desbordar de falsas conjeturas. Debo darme cuenta con todo mi ser de que de ninguna manera soy ese conjunto compacto de recuerdos y creencias generadas por una masa gris y gelatinosa que se deshará cuando muera. De producirse este sustancial cambio de sentir, primero se anunciará como un nuevo modo de mirar el mundo seguido de una observación imparcial de todos sus contenidos y, por último un nuevo VER. Ver que soy Algo más que una envoltura hecha de materia celular y que ese cerebro, con el cual me identificaba por completo, es un instrumento ocasional de ese Algo. Entonces se habrá producido la metanoia.

Pero sin la duda decisiva sobre mí mismo, nada de eso es posible.

III

En el proceso del despertar, primero debe aparecer el hombre de sentimiento, luego el de conocimiento. Este orden no puede ser alterado pues de lo contrario no se producirán resultados legítimos.

Es decir que en principio, antes de cualquier clase de razonamiento selectivo, debe instalarse en el corazón humano un Sentir Único de Yo Soy y que sólo adviene con el cambio del Significado de Sí. Luego vendrá el Conocimiento Verdadero que no será el adquirido por imitación sino el propio del Ser, el que le corresponde en virtud de su naturaleza original.

IV

El hombre “piensa el mundo que ve”, de este modo lo crea. Y este pensar se produce mediante un proceso circular recurrente. Se parte de un concepto que es una idea —forma revestida de un pseudo significado aparente— y luego de un cierto lapso, se vuelve al punto de partida. Si se ha llegado a “nuevas conclusiones”, estas no son otra cosa que la misma idea inicial disfrazada de “algo diferente”. Todo lo que hacemos y decimos es producto de este orden secuencial repetitivo; de tal modo nada cambia. El hombre está encerrado en una especie de jaula llena de espejos donde sólo le es dable observar las maquinaciones de su cerebro, y a lo que registra con sus cinco sentidos lo llama “realidad circundante”. Esta realidad es, intrínsicamente, un constructo interpretativo perceptual que le impide ver el mundo tal cual es. Es decir que toma la apariencia, que él mismo fabrica, por La Realidad que se oculta detrás de todas sus elucubraciones, por más elaboradas que estas pudieran ser.

Por causa de esta falacia cognitiva fundamental, tal remedo de realidad es sólo una mera explicación intelectiva del mecanismo que le dio existencia —el cerebro— mediante un proceso de análisis lógico que lo conduce a conclusiones cuasi definitivas. A la absolutidad del “SI” se le opone la absolutidad del “NO” y entre ambas basculan los diversos paradigmas que conforman lo que el hombre considera como Real.

Luego, ¿qué es la Realidad? Desde la lógica cerebral no puede ser aprehendida. Hay que atreverse a dar un salto al vacío, más allá de toda lógica, de todo pensamiento discursivo, es decir, más allá de toda racionalidad, para escapar de la cárcel tramposa del mecanismo de la biocomputadora. Para ello es necesario ADJURAR POR ENTERO de lo que creo ser, cambiar el significado de mí para mí mismo. Y, por supuesto, vencer el pánico visceral que tamaña decisión límite me cause.

V

A las emociones se las llama, usualmente, sentimientos. Cada vez que un reto “externo” ingresa en la máquina humana, o cuando se desatan procesos de pensamientos asociativos fuertemente enquistados en el complejo psíquico “interno”, ciertas reacciones electroquímicas se producen en el cerebro y son distribuidas por el sistema nervioso central, impactando en forma casi instantánea diversas partes del cuerpo. Esta suerte de substancia es altamente contaminante y producen reacciones en cadena en el plexo solar, el cuello, las carótidas, los hombres, brazos y manos, aceleran los ritmos cardíacos y alteran el normal funcionamiento de todos los órganos. Es decir, lisa y llanamente, el organismo se intoxica.

De esta manera, el hombre siente físicamente alegría, tristeza, miedo, deseo, envidia, altruismo, depresión, enamoramiento, ira, desdén, coraje y un interminable etcétera. A todos estos colapsos corporales el hombre los llama “emociones”, se fascina con el pseudo significado del hombre y se experimenta a sí mismo como un ser altamente sensible, o frío, o espiritual.

Pero una verdadera emoción no puede convertirse en su contrario (lo que antes se amaba, ahora se odia; el que ayer era cruel, hoy es piadoso), es única, no admite contraposición de “sentires” según la ocasión. A esa emoción real podemos llamarla beatitud, aunque, tal vez, la palabra no alcance para medirla en toda su amplitud y profundidad. Y no enferma, es agua de juventud.

VI

Hay una etapa previa, IMPRESCINDIBLE, al estado despierto. En esta debe comprenderse cabalmente, es decir sin ningún quiebre de la intuición intelectual, la completa ausencia de realidad de la existencia. Esta es ABSOLUTAMENTE FALSA, SIN EXCEPCIONES, excluyendo de raíz toda argucia argumentativa con pretensiones consoladoras.

Luego el Despertar es un morir a ese nivel material casi inerte y un renacer en otro, inédito, viviente. Se trata, pues, de una trasmutación de la materia, que de una estructura molecular inorgánica y altamente volátil, se transforma en un cuerpo sólido, invulnerable a la muerte, de cualidad inconcebiblemente superior.

Por cierto, el estado despierto no es un producto de un proceso psicológico sino el advenimiento de otra disposición de la materia.

VII

El Centro Intelectual Superior sabe todo lo que El Hombre necesita y puede saber. Es un conocimiento objetivo, totalizador, que se renueva a cada instante sin intromisión de los mecanismos cerebrales; es sabiduría instantánea de la Mente Total.

El Centro Emocional Superior acompaña a este conocimiento único y sagrado con una energía de vida todo envolvente, amorosa, que reconduce al corazón a su verdadera morada, donde se halla complacido y complaciente.

La bienaventuranza del Hombre está allí.

VIII

El hombre dormido —todos los hombres— es un guijarro arrojado en medio de la corriente de la existencia. Nada a su favor pues ha sido maquinado por su madre, la Gran Naturaleza, para hacerlo de ese modo. A veces flota, otras se hunde; ora bracea con cierta enjundia cambiando de estilo, ora patalea y solicita socorro de otros nadadores que se encuentran en su misma situación. Todo esto le genera la ilusión de que puede ejercer su voluntad, que puede “hacer”. No obstante, llegado al final del recorrido, el río torrentoso se despeña y el ser humano se ahoga sin remedio.

El Verdadero Hacer consiste en salirse de ese río en un acto de Voluntad Propia y remontarlo desde la orilla hasta llegar a sus fuentes. Hay allí algo inefablemente inmóvil donde la Verdad se refleja sin velos que la oculten. Entonces El Hombre puede decidir como habrá de ser esta vez su viaje, no ya como náufrago sin rumbo cierto sino como explorador del misterio de la vida encriptada en la existencia.


IX

El estado de alerta es desconocido para el hombre encapsulado en sus sueños. No tiene forma de alcanzarlo en tanto se encuentre atrapado por la identificación con su imagen. En tal situación los tres niveles de su fábrica biológica trabajan por su cuenta a diferentes velocidades y, en consonancia, los órganos internos y el sistema endocrino se esfuerzan por mantener un precario equilibrio entre la salud y la enfermedad; en tanto las horas y los años se le escurren al igual que una película muda de dos dimensiones, en blanco y negro. 

Por el contrario, si el hombre se esfuerza por salirse de este problema, alineando sus centros hasta que operen coordinadamente bajo su control, el estado de alerta aparecerá naturalmente como fruto del trabajo realizado. Entonces, la conciencia de estar se profundizará de manera asombrosa y los sentidos agudizarán sus posibilidades perceptuales: el mundo ganará en color, definición y profundidad y aún los olores, sonidos y sabores serán más vivos, de otra textura y consistencia, increíble y maravillosamente nuevos.

De tal suerte el hombre se tornará una especie de cazador al acecho de sí mismo, lúcido, relajado, atento a su mundo externo e interno. Una nueva relación lo conectará con la vida que está detrás del mero existir y desde ese momento la existencia no será una impiadosa máquina trituradora sino una suerte de maestra sabia que a cada instante le ofrecerá una lección renovada que él aprovechará como nutriente ya que ningún detalle, psicológico y físico, escapa a su implacable atención.

El estado de alerta deviene antes del despertar. Es como un heraldo del bien venidero.

Hay momentos en el destino humano en que dicho estado se manifiesta espontáneamente, aunque de breve duración. Se trata de instancias donde la seguridad física del hombre dormido peligra o donde un drama súbito mueve su punto de encaje (ese nudo que lo amarra a la habitualidad de sus modos de ser). Pero así como aparece se esfuma y solo le queda al individuo un tenue o fuerte sabor de “algo diferente”.

El estado de alerta no está relacionado, absolutamente, con la calificación de los hechos humanos en “morales” o “inmorales”, simplemente se trata de actos en los cuales el ser está “presente en el presente” de un modo totalmente inusual, desconocido.

X

La luz te alcanza y te arrebata

En el Ahora

Instante fuera de todo instante.

Ahí, precisamente ahí, no estás tú,

Sólo Él

Que de ninguna manera eres tú.

Pero de inmediato, sin fuerzas, te dejas caer

Y, ausente y exhausto, regresas.

Las mil cosas una vez más te han atrapado

Otra vez…

Te aniquilas y te das subsistencia

Otra vez…

XI

Oh Muerte, tú que me has venido a buscar

Y que, sin embargo, no me has podido hallar

Te digo que ahí, donde tú me quieres aferrar, ya no estoy

Pues Ahora soy.

Por cierto he dejado un cuerpo inerte tras de mí

En el tiempo, helo allí!!! 

Tiempo que es el velo entre Soy y estoy.

Los cementerios acumulan pruebas de mi morir

Pero recuerda, Oh Muerte, que te has servido con exceso

de cadáveres para burlarte de mí

y a fuerza de contarlos

en ellos he perdido la fe

Eres una astuta escamoteadora y tu burla suprema consiste

en tratar de convencerme que he de partir

Pero, querida mía, ya no me engañas,

Otro en mi lugar habrá de morir.

Así ha sido siempre y así lo será

Pues como el Santo Crucificado fue sustituido una vez

Así lo seré Yo

Por Ley.

XII

He ahí la Esfinge, ¡cuidado con ella!

Es el espejo donde el “yo” se mira cara a cara, sin velos que lo separen de lo que en verdad es.

La Esfinge interroga al que llega ante ella y su pregunta siempre es un enigma para el que debe responder.

Pues es el propio visitante quien se interroga a sí mismo.

Pero él no lo sabe…

El robot de carne se contempla, intrigado, y se demanda y la Esfinge le retorna su misma pregunta como un eco de su elusiva perplejidad.

Arráncate los ojos, viajero, e interrógate por dentro pues afuera

Sólo está tu imagen y tu pregunta, reciclada una y otra vez.

XIII

El cerebro virgen —el 90% de la totalidad de las células que lo componen— solo puede ser “tocado” por un cambio del Significado Propio. Y como éste ES de momento a momento, no instala ninguna grabación fija y continua, no hay memoria de Él en el tiempo lineal.

Es Viviente en el Ahora del instante único y por ello no es subsistente al no estar acumulado en ningún lugar físico del cerebro. Es siempre nuevo, nacido y vuelto a nacer.

Este territorio no hollado por las sinapsis neuronales, y solamente poblado de significados de la realidad, sobrevive a la muerte cerebral y constituye un registro objetivo donde se inscriben los actos conscientes del Hombre, sus “buenas obras”. Y estas ya no le podrán ser arrebatadas ni en esta vida ni en las otras que le siguen.

De tal prodigio dio testimonio la hormiga que salvó del infierno a la madre del Rey Salomón.

XIV

El Hombre es un Ser total compuesto de un cuerpo, un alma y un espíritu.

Hay un solo cuerpo subsumido en un solo cerebro que existe en la ilusión de ser muchos.

Hay una sola alma que se duerme en la alcoba del cerebro y sueña con mil historias de otros tantos personajes.

Cuerpo y alma pertenecen al Universo Manifestado que es un conglomerado de materia diversa con distintos grados de densidad. Ambos, cuerpo y alma, están confinados en la materialidad del Cosmos. Su cárcel está hecha de tiempo y especialidad.

Hay un solo Espíritu que no pertenece a la manifestación. Viene del Vacío, es portador de una luz increada, y retorna sin hesitar.

El Hombre, como puente entre lo Incognoscible del Vacío y lo conocible del Mundo es testigo y portador de esa luz que lo toca a cada instante y que con voz silenciosa le dice; RECUERDA QUE YO SOY EL QUE SERÉ.

Cuerpo y alma están en el interior del Hombre y se estremecen por el solo vestigio de la Luz del Espíritu ya que su presencia es un llamado perentorio para que el Alma despierte en su soledad.

XV

El Espíritu no evoluciona, es perfecto y eterno.

El Alma está dormida o despierta y tampoco evoluciona. Su despertar consiste en alcanzar diversos estadios de conciencia hasta plenificarse de ella. No es eterna: aparece en la manifestación y se aniquila con ella.

Evolución es un concepto erróneo, aplicable sólo y provisoriamente a la materia. Más preciso sería hablar de adaptación en modelos horizontales de complejidad.

El ego es pura ilusión de estar en un tiempo y un espacio formalizados sólo a tal efecto. Es el sueño del Alma.

El Espíritu, merced al cumplimiento de un misterio profundo y terrible, queda preso del sueño del ego.


Autor: Ernesto Ocampo

Fuente: "Tu...!, Recuerda el Yo Real" http://www.yerrahi.com/barakallah/010.htm#br